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en la enfermedad cerebrovascular. Los Accidentes Cerebrovasculares (ACV) se encuentran entre las primeras causas de morbilidad y mortalidad en los Estados Unidos. Los déficit tanto físicos como psicológicos después de un ACV, pueden afectar negativamente la calidad de vida . Desde una perspectiva psicológica, la depresión, la cual es común en pacientes con ACV, puede influir en la recuperación funcional y la probabilidad de muerte después de un ACV. A pesar de que en algún sentido es controversial, el riesgo de depresión después de un ACV puede estar relacionado a la localización de la lesión, especialmente en región anterior izquierda o en los ganglios basales izquierdos. Debido a que la depresión puede afectar la recuperación, los pacientes con ACV se pueden beneficiar mediante el tratamiento con antidepresivos. Cada vez hay más evidencias de que la nortriptilina y la fluoxetina pueden ser efectivas; la paroxetina, la sertralina y otros inhibidores de la recaptación de serotonina (ISRS) han mostrado eficacia en el tratamiento de los fenómenos relacionados, como es el caso del llanto patológico. La influencia de la depresión sobre el riesgo de ACV no ha sido suficientemente estudiada; sin embargo varios estudios epidemiológicos sugieren la posibilidad de que existe una relación. En un estudio de individuos ancianos, los síntomas depresivos intensos aumentaron el riesgo de presentar un ACV. Existen evidencias de que muchos individuos mayores quienes tienen depresión, desarrollan, en etapas avanzadas de la vida, enfermedad cerebrovascular. Específicamente, los ACVs silenciosos, que no involucran la sensibilidad o las funciones motrices del cerebro, son bastante frecuentes en la población anciana. La depresión de origen vascular es una depresión que ocurre en pacientes con cambios isquémicos en el cerebro. Los hallazgos preliminares indican que estos cambios vasculares pueden estar relacionados con ateroesclerosis, hipertensión arterial, o infarto de miocardio. Sin embargo, se necesitan estudios adicionales para lograr un mejor perfil de estos pacientes y explorar el potencial de las diferentes modalidades de tratamiento. Fuente: Krishman RR, MD.
(Am Heart J 2000;
140:S70-6).
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